
Sentaditos en el sofá, la vida pasa
“La mujer sin piano”, es el magnífico título de la segunda película de Javier Rebollo.
En 2006 ya nos sorprendió con “Lo que se de Lola”, un debut más que prometedor, aunque ferozmente criticado por muchos.
Seis años atrás, con su quinto cortometraje “En camas separadas”, ya sentaba las bases de su cine, reinventándose y depurando cada vez más su estilo. Casi destilándolo, con mimo, como un delicado licor ideado para paladares exquisitos.
Macerando detalles, sugiriendo perfiles ocultos en sombras y proponiendo enigmas al espectador. Una belleza.
Rebollo puede irse a la cama tranquilo después de haber firmado este cuento o fábula que fluye y levita, con aparente serenidad, y donde la realidad y lo imaginario pueden llegar a confundirse.
La normalidad permanece inmóvil y encerrada entre cuatro paredes, a la eterna espera de la llegada de lo extraordinario.
Podríamos estar ante una película de marcianos y astronautas, o incluso de terror y misterio.

Carmen Machi, entregándose a la noche
Se palpa en cada fotograma una inminente explosión de ciencia ficción de andar por casa con pantuflas.
Donde las naves espaciales son pisos de barrio obrero, sórdidas habitaciones de hotel, estaciones de autobús nocturnas y bares de fritanga y pincho de morcilla.
La ciudad, aunque fantasmagórica, está viva y poblada de seres en constante búsqueda y movimiento.
Zombys, prostitutas, barrenderos, adolescentes agresivos, camareros insomnes, taxistas con cara de palo, polacos con epilepsia y una mujer sin piano que camina solitaria marcando, con sus tacones, el ritmo roto de su vida.
Rompiendo el silencio en su vagabundear de idas y venidas. Buscando que su partitura se complete, y así intentar recuperar, de alguna manera, un piano invisible de notas arrítmicas y atonales.

Carmen Machi y un misterioso polaco epiléptico
Como el pitido que sólo escucha ella, en uno de sus oídos, clavándose en su cerebro. Como una alarma encendida que no se puede desconectar.
Este incomprendido y desconocido cineasta, ha conseguido rizar el rizo de su propia mirada, y ha hilado tan fino, que ha creado una película sin película y una historia sin historia, dando forma a una obra muy personal. Accesible para quien se deje llevar.
Diferente, arriesgada y sin imposturas, “La mujer sin piano”, escrita por Lola Mayo (mujer del director) y el propio Rebollo, es difícil de catalogar o definir en un género.
Destila humor y drama a partes iguales, siendo deudora de la gran tragicomedia ibérica, donde el horror y el humor forman un todo sin dobleces.

Una gran actriz
Desafía la gravedad de las situaciones más incómodas, y desafía a la propia ley de la gravedad, desmontando normas, tiempo y espacio. Montando y rodando planos y secuencias a contracorriente. En contra de su propio guión, como cuenta su director.
Enfrentándose así al proyecto en un extraordinario experimento narrativo que recuerda al mejor cine mudo, al mejor Jaques Tati y al mejor Aki Kaurismaki.

Antes de "Aída" ya existía Carmen Machi
Actuando con la libertad del que mira su obra sin miedo a equivocarse y tratándola como un elemento, con vida propia, que se transmuta en otras identidades.
Rebollo se lanza a la piscina e invita al espectador a que se lance, sin miedo, de su mano.
Como un poema extraño y enigmático, Rebollo perfila en 95 minutos de metraje, un mundo que habita entre los recovecos del abismo de lo cotidiano, y las ansias por la búsqueda de la aventura. De lo desconocido o de lo olvidado.
La línea invisible que separa la belleza del horror, lo cotidiano de lo novedoso y por tanto de lo misterioso, y así sucesivamente hasta situar a una mujer, Rosa, de mediana edad, con una peluca, una gabardina y una maleta, en las calles de Madrid. Con la noche por delante.
Rosa, interpretada por la gran actriz Carmen Machi, se lanza a un periplo nocturno, recorriendo las calles y bares de Madrid, a la espera de coger un autobús que la llevará, al amanecer, a un destino muy lejano de su hogar.
De su día a día, de mujer atrapada en la cotidianidad de un universo donde, adobar unas costillas, depilar ingles de señoras y pasar el aspirador, conforman su “único” sentido existencial.
No encuentro palabras para intentar definir lo indefinible.
Tal vez sutileza y misterio, o tal vez Carmen Machi y la noche por delante.












Buen articulo
Menuda película!!!