Dennis Hopper parecía que siempre iba a estar ahí.
Su muerte, a los 73 años, nos ha dejado huérfanos, como si se nos hubiera ido un tío lejano y querido de América.
Un tío lejano al que a penas has visto dos veces en la vida, pero un tío al fin y al cabo.
Se ha dicho de todo sobre este hombre amante y coleccionista de arte, excepcional fotógrafo, director talentoso y sobre todo, actor de impronta salvaje y desquiciada.
Hopper ha sido uno de esos malotes, rebeldes y supuestamente tarados, que durante varias generaciones, han hecho las delicias de cinéfilos y devoradores de películas.
Cuando aparecía su nombre en los títulos de crédito de cualquier película olvidable, telefilm barato, serie infame u obra maestra indiscutible, esbozábamos una sonrisilla y se nos escapaba su nombre entre los labios, como diciendo: ahí está.
De su vida privada regada de excesos, bodas, divorcios y locuras varias, no diré nada porque es bien conocida por todos los que lo hemos seguido durante años.
Como actor, sólo puedo decir que, mejor o peor, supo imprimir un sello propio y único de poderosa energía y magnetismo, dejando detrás una estela de admiradores e imitadores de sus gestos y de su penetrante mirada.
Dennis Hopper era un grande, y con su pérdida, volvemos a mirar de reojo a los actores y actrices vivos de generaciones cercanas, mientras un escalofrío se apodera de nosotros al ver que desaparece una época que marcó un antes y un después en la historia del cine.
Después de estas breves letras, os dejo unas cuantas imágenes que os harán recordar esos momentos en los que esbozábamos una sonrisilla y se nos escapaba su nombre entre los labios, como diciendo: ahí está.
Hasta siempre Dennis.
















