Vuelvo a Madrid tras unos meses en el extranjero. Una huelga de taxistas me fuerza a cargar con mis seis meses de vida en maletas por los túneles y trenes del metro. La ausencia de escaleras mecánicas en algunas estaciones me cabrea y decido cuantos pasos vamos por detrás del resto de países de Europa cuando una fotografía me sorprende mirándome. Es entonces cuando de verdad aterrizo en Madrid.
Armando me mira, Armando está muy delgado, tiene unos ojos grandes y cansados. Armando parece maquillado de negro cual interprete del Cirque de Soleil, pero no, Armando es minero y esta foto se la han tomado después de diez horas trabajando en el interior de la tierra. Un potente retrato del fotógrafo francés Pierre Gonnord acompaña al anuncio de la exposición de sus últimos trabajos aquí en Madrid. Rostros de pueblos, rostros de minas del norte de España.
Dijo Cortazar una vez que entre las muchas formas de combatir la nada, una de las más eficaces era la fotografía. Luchando contra la nada hay unos personajes que detrás de las cámaras exploran a otras personas. Una fotografía ambigua, un tema recurrente y sin embargo nunca agotado.
Nariz, ojos, orejas, presencia o ausencia de pelo, boca, cuello… partes de la cara que definen que lo capturado es un retrato humano y a pesar de ello lo que no podemos catalogar o etiquetar es lo que nos habla. Caras y miradas, labios y expresiones retratos que invitan a ser observados, a resolver un misterio en el ser, en la identidad a través de una representación literal del aspecto de una persona.
El retrato que se curran hoy en día artistas y fotógrafos por doquier elimina pistas y contextos, su limpieza desnuda a las personas y destruye los escondites que pudieran aparecer. Borrando las indicaciones que eran herederas de la tradición más pictórica, pocas veces aparecen símbolos que nos indiquen el poder o posición del individuo. Si aparece un señor con una flauta travesera puede que ese señor sea músico, un truco que ayuda y hace fácil interpretar la fotografía. Aunque a veces lo fácil vence, que no convence. La ambigüedad que hay en la nada (la de Cortazar y la de todos), la persona retratada y tu, que la miras.
Paradojas humanas, en nuestro tiempo de mileuristas y singles, existen unos individuos que se interesan por coger a otros individuos y capturar una parte de su tiempo, convirtiéndolo en fotografía.
Incluso algunos de estos individuos se atreven a retratarse a ellos mismos, golpeando el aire y exponiéndose. Algunos lo han hecho para que nos dejemos de chorradas, como Cindy Sherman con su serie “Untitled film stills” (Fotógramas sin título, 1977-1982) empeñada en que nos olvidemos de que existe una esencia, un alma en las cosas.
El rostro espejo del alma que dicen, y cada uno vemos lo que nos da la gana y no lo podemos definir, no lo podemos catalogar ni ponerle una etiqueta.
Vuelvo de ver la exposición de Gonnord en la Sala Álcala 31. No os la perdáis.
Hoy había muchos taxis por Madrid y parecían circular con normalidad.
He ido andando. Como muchos otros rostros en el centro de Madrid.
Pierre Gonnord:




Cindy Sherman:



Rineke Dijkstra



Tina Barney:























En cuanto vuelva a los mandrlies iré a ver la exposición sin falta.
Bienvenido Juanito, bienvenido a la jungla ibérica de nuevo, tierra de envidias, buena gente y excesos excelsos sin excedentes exentos de exílio.