JuanEscorial 10:00 el 6 diciembre 2009 | 1 comentario

A principios del pasado mes de octubre Irving Penn se murió en Nueva York. Sin grandes titulares ni dramas familiares.

Sus fotografías se han anclado tanto a la historia de este arte que algunos ya le habían dado por muerto. Estoy seguro que es el culpable de muchas vocaciones fotográficas.

En la mente, en el alma de este hombre vivía una persona con vocación para la pintura y que entre otras hazañas memorables ha firmado más de 150 portadas para Vogue.

La fama le llegó tras la Segunda Guerra Mundial.

Diluido tras su cámara Irving Penn retrata sabiendo que “menos es más”. Cuando el fondo es blanco o gris, nada distrae tu mirada del verdadero protagonista de la imagen. Parece lógico, y lo es, pero también es uno de los grandes hallazgos de la fotografía. Una de las herramientas que mejor moldeaba su estilo.

La luz, el maná de la cámara es la clave para que un fondo neutro no sirva para nada, el señor Penn dominaba los flash en el estudio. Y pone su técnica al servicio del modelo, de lo que este tenga que decirnos.

El señor Penn, como así era conocido en su esfera más cercana, adoraba los efectos y posibilidades de la luz natural. Al realizar unas series sobre los nativos de Nueva Guinea se construyó un estudio portátil, transformando una tienda de campaña con un tragaluz que suavizará la posible dureza del sol de la isla.

Pero como no sólo de bondad y elegancia vive el ser humano, Penn se retó una vez más en 1967, un año después de que Hunter S.Thompson (“Miedo y asco en Las Vegas”) publicara su libro sobre sus andanzas con los “políticamente incorrectos” Angeles del infierno. Irving Penn fue y los metió en su estudio de fotografía. Abduciendolos del imaginario de bares destrozados y jovenzuelas secuestradas tenemos a estos hombres convertidos en caballeros sobre sus dulcemente iluminadas Harley Davidson y además con la mirada curtida del que recorre las infinitas interestatales de los Estados Unidos.

De sobra conocidas algunas de sus fotos como el retrato de la mirada impenetrable de Picasso, las ausencias y presencias de Truman Capote o la melancolía de un Woody Allen caracterizado como Chaplin. No deberíamos pasar por alto algunos de sus trabajos aún por descubrir masivamente como la serie sobre familias gitanas de Extremadura.

Y es que Irving Penn deja un toque cómplice, de camarada sereno, alguien en quien confiar, sabiendo que tras pasar por sus ojos se podrían encontrar cosas ocultas a la primera realidad.

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arinonimo   09/12/2009 10:08
Me encanta juan, keep going!
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